Frente al estigma y la indiferencia del mundo.
Resiliencia de una nación que renacerá sin venganza.
Hay dolores que no se pueden medir con estadísticas ni con discursos oficiales.
Son dolores silenciosos, acumulados en los corazones de millones de venezolanos que, después de haber sido un pueblo generoso, hospitalario y solidario, de compartirlo todo con medio mundo, hoy se ve señalado estigmatizado y reducido a un estereotipo injusto.
Porque la verdad, aunque muchos prefieran ignorarla, es sencilla: el pueblo venezolano es y lo ha sido, por naturaleza, un pueblo de brazos abiertos. Y lo ha sido sin preguntar origen, pasaporte, ideología, color de piel ni acento. Esa vocación de acogida forma parte de nuestra identidad profunda y será, también, la clave del renacer de Venezuela.
Venezuela no solo ha sufrido: ha aprendido. Y está llamada a renacer como el ave fénix, no desde el rencor ni la retaliación, sino desde la resiliencia y el estoicismo de un pueblo que decide responder a la injusticia con dignidad, y al desprecio con humanidad.
Un pueblo que siempre abrió
Sus puertas.
Mucho antes de convertirse en noticia por la diáspora que hoy recorre el planeta, Venezuela fue tierra de gracia y puerta de llegada para miles de inmigrantes. Después de la Segunda Guerra Mundial y especialmente entre 1948 y 1958, el país vivió una etapa de inmigración abierta, dominada por europeos , españoles, portugueses, italianos, a los que se sumaron colombianos y latinoamericanos de toda la región.
No solo encontraron petróleo y trabajo; encontraron afecto y reconocimiento.
El venezolano no se limitó a “tolerar” al extranjero: lo invitó a la mesa, lo llamó pana, hermano, vecino. Le celebró sus fiestas, probó su comida, se mezcló en sus familias. Ningún documento refleja con exactitud cuántos hijos de inmigrantes crecieron en escuelas venezolanas sintiendo este país como suyo. Pero hay algo que sí se puede afirmar con certeza: Venezuela fue, para muchos, el refugio que hoy se le niega al venezolano .
Y esa verdad no es solo una intuición o reflexión moral: está escrita en hechos y episodios concretos de nuestra historia.
Venezuela;
país de brazos abiertos:
Los barcos de refugiados judíos:
Venezuela dijo “sí” cuando otros otros dijeron “no”.
En 1939, mientras Europa se hundía en la guerra , en el horror nazi y muchos países cerraban sus fronteras a los refugiados judíos, dos barcos alemanes ( el SS Koenigstein y el SS Caribia) vagaron por el Caribe con cerca de 300 personas a bordo, rechazadas una y otra vez.
Primero intentaron desembarcar en la colonia británica de Trinidad; las autoridades se negaron, amparadas en una prohibición reciente de admisión de refugiados. Intentaron luego otros puertos del Caribe, como Honduras y la Guayana Británica, y volvieron a encontrar la misma respuesta: NO.
Cuando parecía que solo les quedaba regresar a la Europa que los perseguía, Venezuela autorizó su entrada. El 3 de febrero de 1939, los pasajeros del Caribia pudieron finalmente desembarcar en Puerto Cabello, seguidos poco después por los del Koenigstein, que llegaron el 17 de febrero de 1939.
Las crónicas relatan que, en una de esas noches de incertidumbre, cuando el barco se acercó al puerto sin suficiente iluminación para atracar, la propia población de Puerto Cabello encendió luces en las casas y acercó vehículos al muelle para iluminar con sus faros el camino de la nave.
Mientras otros puertos cerraban sus puertas, Venezuela las abrió.
Ese gesto resume, en un solo episodio, la identidad de un país que decidió ser refugio cuando casi no quedaban refugios.
La Colonia Tovar: un pedazo de Selva Negra en el Caribe.
Otro símbolo de esta vocación de acogida es la Colonia Tovar, fundada el 8 de abril de 1843 por unos 389–390 inmigrantes procedentes del entonces Gran Ducado de Baden, en la región de la Selva Negra alemana.
Lejos de ser tolerados a regañadientes, esos inmigrantes (con su idioma, su arquitectura, su gastronomía, su religión) fueron integrados a un proyecto nacional que les permitió conservar su cultura. Hasta hoy, la Colonia Tovar es conocida como la “Alemania del Caribe”: casas de entramado de madera, repostería alemana, cerveza artesanal y tradiciones centroeuropeas en plena cordillera venezolana.
Venezuela no les pidió renunciar a su identidad; les ofreció un hogar donde esa identidad pudiera florecer.
Las grandes oleadas de inmigración tras las guerras mundiales
Después de la Primera y, sobre todo, de la Segunda Guerra Mundial, Venezuela se convirtió en uno de los principales destinos de inmigración en América Latina. Entre mediados de los años cuarenta y mediados de los setenta, más de medio millón de inmigrantes llegaron desde España, Italia y Portugal, en una de las corrientes migratorias más intensas de la región.
En esos años, y según diversos estudios, Venezuela llegó a tener uno de los porcentajes de población inmigrante más altos del continente. No eran solo europeos: también arribaron palestinos, libaneses, sirios, judíos de Europa del Este y latinoamericanos de casi toda la región. Llegaron con una maleta, un oficio y una esperanza; el país les ofreció algo más que un pasaporte: documentos, acceso a trabajo, educación para sus hijos, oportunidades de crédito y vivienda; les entregó amor.
En la época del auge petrolero, además, miles de técnicos, ingenieros y obreros calificados, muchos provenientes de Estados Unidos (USA) y Europa, llegaron para trabajar en la industria. Se construyeron campamentos y urbanizaciones enteras (como San Tomé y otros “company towns”) con casas, escuelas, clubes sociales e incluso campos de golf, pensados para que esos trabajadores extranjeros vivieran con dignidad y según muchas de sus costumbres.
Todo esto no ocurrió en un país cerrado y hostil, sino en uno que se definía, de hecho y de derecho, como país de acogida.
Un mundo de migrantes que olvida su propio origen y no se mira en su propio espejo.
Hoy vivimos en un planeta esencialmente migrante. Según estimaciones más recientes de Naciones Unidas, en 2024 había alrededor de 304 millones de personas viviendo en un país distinto al de su nacimiento, aproximadamente el 3,7 % de la población mundial.
El principal destino de esos migrantes es, precisamente, el país que con más frecuencia levanta discursos de alarma: Estados Unidos. En 2024, ese país albergaba más de 52 millones de migrantes internacionales, alrededor del 17 % de todos los migrantes del planeta, a pesar de representar apenas alrededor del 4 % de la población mundial.
Europa tampoco puede hablar de espaldas a su propia realidad: junto con América del Norte, concentra más de la mitad de todos los migrantes del mundo.
Es decir, los países que hoy levantan muros físicos y simbólicos contra “el migrante” son, precisamente, países construidos por migrantes. Estados Unidos, Canadá, buena parte de Europa, Australia y las antiguas colonias de poblamiento son ejemplos vivos de naciones levantadas, literalmente, por sucesivas oleadas migratorias.
Entonces, ¿de qué estamos hablando cuando se apunta al venezolano como “problema”?
Estamos hablando de sociedades que se niegan a ver en el otro lo que históricamente han sido ellas mismas: pueblos emigrantes en busca de oportunidades.
De país de acogida a país de emigrantes… y a futuro país de retorno:
Venezuela nunca fue, históricamente, un país de emigración masiva. Su marca fue la inversa: era el país al que se llegaba, no del que se huía. Esa realidad cambió de forma dramática en el último cuarto de siglo.
La combinación de colapso económico, deterioro institucional, persecución política y crisis social empujó a millones de venezolanos fuera de sus fronteras. De acuerdo con ACNUR y la Plataforma R4V, cerca de 7,9 millones de venezolanos han abandonado el país en los años recientes, convirtiendo esta diáspora en una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo contemporáneo.
No se fueron por turismo ni por capricho. Se fueron para sobrevivir, para proteger a sus hijos, para salvar un proyecto de vida que dentro del país se hacía cada vez más estrecho.
Y, sin embargo, aun en la adversidad, la mayoría ha respondido con trabajo, disciplina y resiliencia:
• madres y padres que aceptan el empleo digno que aparezca para enviar remesas a sus familias;
• jóvenes que estudian, aprenden nuevos idiomas y se adaptan a culturas ajenas;
• profesionales que trabajan muy por debajo de su formación con tal de no ser una carga para nadie;
• abuelos que, casi a regañadientes, abandonan su tierra para no convertirse en peso económico para sus hijos.
-muchos de ellos se destacan y brillan en el arte, la Ciencia y la Tecnologia.
Ellos representan la mayoría silenciosa:
los que madrugan, respetan las leyes, pagan impuestos, agradecen cada oportunidad y no renuncian a la esperanza de regresar.
Ese regreso ocurrirá. No será inmediato ni uniforme, pero ocurrirá. Venezuela volverá a recibir a sus hijos dispersos por el mundo y, con ellos, regresarán conocimiento, experiencia, idiomas, redes empresariales y, sobre todo, una conciencia profunda del valor de la libertad y de la dignidad.
“La minoría delincuente y la mayoría invisible.”
En toda sociedad hay ciudadanos de bien pero también hay algunos delincuentes, criminales, personas que violan la ley. Eso es una triste realidad universal. Pero lo lógico, lo justo, lo humano es que esa minoría sea tratada como lo que es: una minoría, que debe ser perseguida y sancionada con todo el peso de la ley.
Lo inaceptable es usar a esa minoría como excusa para ensuciar el nombre de todo un pueblo y Nación.
No se puede, con honestidad moral, presentar a los venezolanos como sinónimo de crimen, desorden o amenaza. Detrás de cada migrante venezolano hay una historia de esfuerzo:
• madres que trabajan en lo que sea para enviar dinero a sus hijos;
• jóvenes que estudian y se adaptan a nuevos idiomas;
• profesionales que aceptan empleos muy por debajo de su formación con tal de no depender de nadie;
• ancianos que tuvieron que salir, contra su propia voluntad, para no ser una carga.
Ellos son la mayoría.
Pero esa mayoría suele ser invisible en los discursos políticos y en los titulares. Lo que vende, lo que da votos, lo que alimenta el miedo, es la caricatura del “migrante peligroso”.
Estereotipos, xenofobia y cálculo político:
Cuando un país (o sus dirigentes) construyen un estereotipo negativo sobre un grupo humano, casi nunca es por ignorancia inocente: muchas veces hay un cálculo político detrás.
Es más fácil culpar al extranjero que reconocer el fracaso de las políticas internas.
Es más rentable electoralmente encender el miedo y la desconfianza que promover el entendimiento y la solidaridad.
En ese contexto, el venezolano se ha convertido, en demasiados lugares, en “chivo expiatorio”. Se le acusa de lo que no ha hecho, se le mira con sospecha al cruzar una frontera, se le humilla en aeropuertos, se le discrimina en el acceso al trabajo y a la vivienda.
Y lo más grave: se normaliza una especie de xenofobia “aceptable”, envuelta en discursos de seguridad o de “defensa del orden”. Como si la dignidad humana pudiera ser negociable.
Un mundo globalizado no puede permitirse fronteras de odio.
Vivimos en un mundo donde los bienes, el capital, la tecnología y la información cruzan fronteras a una velocidad impresionante. Pero cuando lo que quiere cruzar es un ser humano con una maleta y un pasaporte, se levantan muros visibles e invisibles.
Las fronteras, en una humanidad madura, no pueden ser murallas de humillación.
Deberían ser puntos de encuentro entre naciones, espacios de diálogo, de intercambio cultural, de respeto a la ley, sí, pero también de respeto a la dignidad de cada persona que las cruza.
El control migratorio es legítimo. La seguridad es necesaria.
Pero nada de eso justifica la deshumanización, el maltrato ni la generalización.
Un mundo que se dice civilizado no puede seguir tolerando que se marque a pueblos enteros con el sello del prejuicio.
Resiliencia y estoicismo: renacer sin venganza.
Lo que distingue a esta diáspora venezolana no es solo su magnitud, sino la actitud con la que ha resistido. Un pueblo sometido a un secuestro institucional, político y económico por más de 25 años ha decidido, en su inmensa mayoría, no responder con odio, sino con perseverancia. No con violencia, sino con trabajo. No con venganza, sino con memoria y resiliencia.
Ese es el núcleo del estoicismo venezolano de este tiempo:
soportar el dolor sin deshumanizarse, resistir la injusticia sin convertirse en verdugo, aprender de la humillación sin replicarla cuando llegue la hora del renacer.
Cuando Venezuela recupere la senda de la democracia y el desarrollo ( y lo hará) tendrá la oportunidad histórica de demostrarle al mundo de qué está hecha:
• No levantará políticas de “cobro de cuenta” contra los migrantes de otras naciones.
• No convertirá a nadie en chivo expiatorio.
• No usará la seguridad como excusa para degradar la dignidad de las personas.
Por el contrario, un país que ha sufrido en carne propia la xenofobia, la discriminación laboral, el maltrato en fronteras y aeropuertos, estará mejor preparado para no repetir esos errores. Venezuela podrá decirle al mundo: “sabemos lo que es ser migrante, y precisamente por eso no haremos con otros lo que se hizo con nosotros”.
Volveremos a ser lo que siempre hemos sido: un país noble, generoso, un anfitrión que no mira la nacionalidad para extender sus brazos abiertos a un mundo de migrantes.
Lo que el mundo le debe al pueblo venezolano:
El mundo le debe al pueblo venezolano algo más que declaraciones diplomáticas: le debe gratitud, respeto y reconocimiento.
Gratitud por los años en que Venezuela alimentó, educó y dio refugio a millones de inmigrantes que llegaron huyendo del hambre, de la guerra, de las dictaduras y de la pobreza.
Respeto por la resiliencia de un pueblo que, a pesar de la persecución, la pobreza y el exilio, sigue trabajando, emprendiendo y creando comunidad en los países donde ha sido recibido, muchas veces con recelo.
Y reconocimiento por una nobleza que se niega a morir: incluso en medio del dolor, el venezolano sigue siendo capaz de compartir lo poco que tiene, de sonreír, de decir “bienvenido” aun cuando a él le han dicho “no eres bienvenido” en otros lugares.
No se trata de pedir privilegios.
Se trata de exigir algo infinitamente más básico:
trato justo, mirada humana, igualdad de dignidad.
Que el venezolano sea visto como lo que es:
una persona, no un estereotipo;
un sujeto de derechos, no un problema estadístico;
un hermano latinoamericano y universal, como tantos otros migrantes que han construido grandes naciones con su trabajo.
Un llamado a la conciencia: el ave fénix de América Latina:
Venezuela ha sido herida, empobrecida y dispersada, pero no derrotada. Su historia de país de brazos abiertos, sumada a la experiencia dolorosa de su diáspora, la coloca en una posición singular: puede convertirse en un referente mundial de resiliencia sin venganza, de renacer sin retaliación.
Cuando la nación se ponga de pie (y lo hará, porque se pondrá de pie) , podrá enseñar al mundo una lección esencial:
que es posible resistir sin odiar, recordar sin buscar revancha, reconstruir sin humillar a nadie.
Las fronteras deberían ser el lugar donde dos pueblos se reconocen y se dan la mano, no el lugar donde uno humilla al otro. El venezolano, con toda su nobleza, humanidad y resistencia, merece ser visto de frente, sin prejuicios, sin miedo, sin estigmas.
Ese es el mensaje qué hoy quiero de jar y que este tiempo exige:
• no más xenofobia disfrazada de política;
• no más estereotipos que borran la dignidad de un pueblo;
• no más silencio frente a la injusticia.
Porque la nobleza del pueblo venezolano no es un mito ni una consigna:
es una verdad construida en muchas décadas de generosidad, hoy fortalecida por la resiliencia de una diáspora que, como el ave fénix, está destinada a volver y ayudar a levantar de nuevo su país.
Venezuela no pide.
Venezuela exige el respeto que se ha ganado ante la historia:
como nación de brazos abiertos, como pueblo de resiliencia probada, como país que, aun humillado, se niega a renunciar a su propia esencia humanitaria.
JARB/