Dr. José Antonio Rangel Barón
Abogado, diplomático y analista internacional
Miami 22 de febrero de 2026.
Hoy, 22 de febrero de 2026, en esta tierra que honra la memoria y la dignidad, evocamos el natalicio de un hombre cuya estatura histórica supera el tiempo y las coyunturas: Rómulo Betancourt, arquitecto de la Venezuela democrática.
No celebramos solamente una fecha. Celebramos una conciencia. Celebramos una voluntad férrea que supo comprender que la libertad no es un accidente histórico, sino una construcción paciente, un compromiso colectivo y una responsabilidad moral.
Betancourt fue, ante todo, un hombre de ideas. Un joven que enfrentó dictaduras cuando el miedo era ley. Un exiliado que regresó con la convicción intacta. Un político que entendió que el poder no es dominación, sino servicio.
En 1958, cuando el país emergía de las sombras del autoritarismo, tuvo la lucidez (propia de los estadistas) de intuir que la democracia naciente necesitaba algo más que entusiasmo: necesitaba acuerdos. Así surgió el Pacto de Punto Fijo, no como pacto de élites, sino como compromiso histórico de gobernabilidad y estabilidad. Fue un acto de madurez política en un país acostumbrado a los sobresaltos. Fue la decisión de anteponer la República a la ambición.
Esa Venezuela que comenzaba a reencontrarse con las urnas y la institucionalidad tuvo en Betancourt a su guardián vigilante. Resistió intentos de desestabilización, defendió la constitucionalidad y sembró las bases de una democracia que perduró por décadas.
Pero Betancourt no fue solo constructor político; fue también pensador profundo de la realidad nacional. En su obra Venezuela, política y petróleo, dejó una advertencia que hoy resuena con fuerza profética: el petróleo debía ser instrumento de desarrollo, no de dependencia; herramienta de progreso social, no botín circunstancial.
Entendió que el recurso natural más preciado del país debía administrarse con visión estratégica y sentido utilitario para el bienestar colectivo. Lamentablemente, generaciones posteriores ( y de manera más dolorosa el último cuarto de siglo) no supieron honrar plenamente esa enseñanza. El petróleo, que pudo ser palanca de diversificación y educación, terminó convertido muchas veces en factor de distorsión económica y fragilidad institucional.
Sin embargo, el legado moral permanece.
Betancourt fue un hombre sencillo en sus formas, firme en sus principios y humilde en su trato. No buscó la perpetuidad del poder, sino la consolidación de las instituciones. No aspiró a la unanimidad, sino a la legitimidad. Su vida fue coherente con los valores que proclamó: libertad, democracia, justicia social y defensa de los derechos humanos.
Hoy, cuando Venezuela atraviesa tiempos complejos, recordar a Betancourt no es un ejercicio nostálgico. Es un llamado. Es una invitación a reencontrarnos con la cultura del acuerdo, con la ética republicana, con la convicción de que la democracia se construye con sacrificio, responsabilidad y grandeza de espíritu.
Que su memoria nos inspire a entender que ningún país está perdido cuando conserva reservas morales y voluntad de reconstrucción.
Porque, como él mismo afirmó con fe en la nacionalidad:
“Venezuela no está perdida.”
En este aniversario, desde Dancourt, rendimos homenaje a un hombre que supo ser estadista cuando la historia lo exigía, escritor cuando la reflexión era necesaria y demócrata cuando la libertad estaba en juego.
Que su ejemplo ilumine nuevamente el camino de la República.