Hay momentos en que las palabras sobran
Cuando el sentimiento habla, las palabras callan, porque hay gritos que retumban en el silencio. Cuando ya no se pueden pronunciar, las palabras se vuelven impotentes ante el dolor punzante. Así está hoy Colombia: un pueblo herido, maltratado, mancillado, golpeado, humillado y secuestrado en su propia anatomía histórica.
Un pueblo confrontado en su propia génesis, entre valores y anti valores, entre justicia e injusticia, entre ley o barbarie, entre totalitarismo o democracia. Un pueblo que intenta beber en la fuente de sus propias raíces, en una historia que avanza como un tobogán de ultrajes, siempre en una pendiente que parece no terminar de escalar.
Colombia, la gran Colombia, hoy mancillada, humillada, incomprendida, traicionada. Víctima de un homicidio intencional, premeditado, con alevosía y ensañamiento. Un crimen “perpetrado” desde el poder, donde el actual gobierno defiende y protege pública y abiertamente a criminales, guerrilleros y narcotraficantes que ahora ostentan el título de “políticos”, “líderes”, senadores, congresistas e incluso magistrados.
En el poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial hoy se sientan quienes antes empuñaron las armas contra el pueblo y sus instituciones. Como lo fue el asalto y secuestro al Palacio de Justicia de Colombia por el M-19 en 1985, hecho en el que murieron 94 personas, y en cuya historia figura la militancia del actual presidente de la República de Colombia. El mal llamado “proceso de paz”, promovido por iniciativa del entonces presidente Juan Manuel Santos, otorgó curules y legitimidad a muchos de ellos: militantes del M-19 y de otros grupos armados que hoy son senadores, congresistas, magistrados e incluso presidente.
El actual gobierno pretende exonerar, en nombre del “perdón”, a quienes nunca perdonaron; a quienes convirtieron niños en armas humanas o sicarios, criminalizando sus almas. Como aquel niño que disparó contra Miguel Uribe Turbay, arrebatándole la vida en plena primavera. No hay palabras para describir tal desparpajo ni el dolor que enluta a los ciudadanos de bien en Colombia.
Es inexplicable cómo esta clase delincuencial llegó al poder: comprando conciencias, usurpando instituciones y dominando la política con el dinero de la corrupción. Lo mismo que ha ocurrido en Venezuela, Cuba, Nicaragua, Bolivia y otras naciones hermanas en nuestra desgracia.
Pero ha llegado el momento de elevarnos por encima de las lágrimas y desenvainar la espada de la justicia de nuestros ancestros libertarios. Es tiempo de una nueva gesta emancipadora para recuperar la república que fue, aquella que iluminó nuestro Libertador Simón Bolívar junto a otros héroes de la libertad.
Colombia, desde el silencio, debe alzar este grito de rebeldía con toda la fuerza del amor. Así lo promovió Miguel Uribe Turbay y lo ratifica su esposa María Claudia Tarazona, en el Congreso, donde se le rinde homenaje póstumo. Un homenaje que debe ir más allá de las palabras y discursos.
El silencio ha de convertirse en un gran grito de acciones para recobrar la paz, la libertad, la dignidad, la concordia y la unión que Miguel defendió como un ideal supremo.
Porque a él le arrebataron la vida, pero también se la arrebataron a su familia y, con ello, a Colombia entera.
JARB