A todos los venezolanos;
a los que están, a los que se fueron y a los que volveremos.
Querido compatriota, hermano de esta tierra herida pero aún viva:
Es diciembre otra vez.
Afuera, el invierno se anuncia en muchas lenguas y diversas formas musicales, en ciudades que aprendimos a pronunciar con la fuerza del dolor y la esperanza. En estas calles extranjeras, donde el viento no huele a hallaca ni a papelón con limón, caminamos cargando en el pecho la misma pregunta que nos acompaña desde hace más de veinticinco años:
¿Cuándo volveremos a casa?
Hoy te escribo desde la nostalgia viva —esa que no envejece— para decirte que no estamos rotos, sólo dispersos. Somos la diáspora del mundo, pero también la patria extendida, multiplicada, la Patria grande
resistiendo. Somos quienes partimos con una maleta llena de diplomas y esperanza que nadie reconoció; de corazones que se quebraron; de silencios que pesaron más que los años. Somos quienes soportamos el rechazo institucional, la burla fácil, la frontera cerrada, la calumnia y la mirada desconfiada, mientras
buscábamos trabajo, techo, papeles, un refugio solidario, un nuevo hogar que nos admitiera, en ciudades que no conocían nuestro acento. ¡Y muchas veces así no fue!
Y sin embargo, aquí estamos.
Con la frente en alto.
No nos rendimos.
Nunca lo hicimos.
Jamás lo haremos.
Porque fuimos —y seguimos siendo— el país de brazos abiertos para quienes huían de guerras que no eran nuestras. Fuimos patria para el inmigrante portugués que aprendió a hornear pan como quien amasa el futuro; para el italiano que sembró panaderías y factorías como quien siembra hijos; para el español que encontró en Maracaibo y Caracas un refugio al hambre y al cobijo; para el árabe que volvió templo el mercado del silencio.
Venezuela fue casa abierta para el mundo, y hoy el mundo es, a veces, apenas un cuarto prestado para el migrante venezolano.
Pero escucha, hermano mío:
El exilio no es sólo distancia: también es compromiso.
El exilio no es derrota: es la promesa del regreso.
Por eso esta carta que te entrego es un abrazo que deseo llegue desde lo más profundo de mi ser, con el espíritu encendido de Navidad y Año Nuevo, a todos los corazones de mis hermanos migrantes y exiliados. Porque diciembre no es fecha: es raíz, es memoria, es persistencia. Y aunque estemos lejos, el arbolito brilla igual si lo encendemos con fe y esperanza.
Quiero decirte algo:
VOLVEREMOS
Volveremos a recuperar la democracia, la palabra prohibida, la libertad robada. Volveremos a reconstruir la República sobre el cimiento de nuestra dignidad herida. Volveremos a habitar la patria verdadera, la
patria prohibida, la del verdadero Simón Bolívar; la que vive en la mirada de cada niño venezolano que crece lejos del verdadero hogar, del Ávila de Caracas, del puente, relámpago y rayo del Catatumbo, de su
cordillera andina, de su llano y de sus playas margariteñas… y que aun
así dice “arepa” como quien pronuncia una oración.
Y cuando regresemos —porque regresaremos, no lo dudemos ni por un momento— volveremos a nuestros hogares; a visitar a nuestros parientes, incluso a los que ya están muertos; a los patios que guardan el zapato perdido de la infancia; a los amigos que resistieron; a los que nos esperan con el café servido y los brazos abiertos.
Volveremos a casa.
Volveremos a nuestra patria.
Volveremos a ser país.
Y ese día —que no está tan lejos como parece en este invierno— alguien
dirá con voz quebrada:
“Se acabó el exilio.”
Y las campanas de Navidad repicarán como repican en diciembre las
plegarias de las madres.
Que esta Navidad ilumine lo que jamás pudieron apagar. Que este Año Nuevo traiga la fuerza para seguir y el silencio para resistir. Que nuestra historia —herida pero viva— sea la brújula que nos guíe al retorno.
Porque Venezuela no es sólo un territorio:
es la promesa eterna de volver.
Hasta entonces, hermano mío, compatriota mío:
No pierdas la fe.
No apagues la luz.
Nos volveremos a ver en la casa grande y en la casa chica.
Feliz Navidad
Feliz Año Nuevo