La vida es un laberinto
No uno hecho para perdernos, sino para aprender a discernir el camino. Caminamos con fe, con sueños, con amor, y de pronto una puerta se cierra. Entonces llega el dolor, la incomprensión, el llanto silencioso. Pensamos que es un castigo, cuando en realidad puede ser una protección.
Cuando Dios cierra puertas, no lo hace para encerrarnos, sino para evitarnos la caída. Para enseñarnos que no todo camino abierto conduce a la vida, y que no toda puerta cerrada es una derrota.
La Sagrada Escritura lo dice con claridad:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14, 6)
Y también nos recuerda:
«He aquí, yo pongo delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar» (Apocalipsis 3, 8)
Venezuela (y con ella millones de familias ) ha caminado durante más de un cuarto de siglo por un laberinto de dolor: instituciones secuestradas, riquezas saqueadas, libertades anuladas, familias rotas por el exilio, la cárcel, la persecución y la muerte en soledad. Puertas que se cerraron cuando más necesitábamos cruzarlas: la puerta del reencuentro, de la dignidad, del regreso, de la esperanza.
Pero incluso allí, hemos aprendido.
Hemos aprendido que el exilio no destruye el alma cuando se cultiva la fe.
Que la persecución no anula la dignidad cuando se conserva la verdad.
Que el sufrimiento, aunque no elegido, puede forjar carácter.
Los estoicos lo entendieron hace siglos. Epicteto nos recordó que:
«No nos afecta lo que nos sucede, sino cómo interpretamos lo que nos sucede.»
Y Séneca enseñó que:
«Las dificultades fortalecen el espíritu, como el trabajo fortalece el cuerpo.»
Desde otra mirada, Viktor Frankl, sobreviviente del horror, afirmó:
«Cuando ya no podemos cambiar una situación, somos desafiados a cambiarnos a nosotros mismos.»
Eso ha ocurrido con Venezuela. Como el hierro en el fuego, una generación entera se ha forjado en la adversidad. Quizás la más resiliente de nuestra historia. Una generación llamada no solo a resistir, sino a refundar la República, la Nación y el sentido moral de la vida pública.
Hoy, al cerrar este año y abrir el 2025, entendemos que las puertas que se cerraron en el pasado no fueron el final. Fueron una preparación. Un llamado a construir un país que haga su propio camino, que abra las puertas que un día se nos negaron, pero esta vez con responsabilidad, con verdad y con justicia.
Un país donde:
• el trabajo digno sea reconocido,
• el mérito y el esfuerzo tengan valor,
• la igualdad de oportunidades sea real,
• la ley proteja y no persiga,
• el pensamiento distinto sea respetado,
• haya perdón, sí, pero sin impunidad,
• y la verdad sea el cimiento de la convivencia.
Este es un mensaje para la familia, que resistió separaciones imposibles.
Para los amigos, que sostuvieron la fe en los momentos más oscuros.
Y para el mundo entero, como testimonio de que ningún pueblo está condenado si conserva su conciencia.
Que el 2025 sea el año en que comprendamos que Dios no nos cerró puertas para perdernos, sino para enseñarnos a construirlas mejor.
Porque cuando se camina con verdad,
cuando se actúa con justicia,
y cuando se ama sin miedo,
siempre hay un camino abierto hacia la vida.
Con un Abrazo Fraterno quiero desearles
FELIZ NAVIDAD 🎄🎁
Y BENDECIDO PROSPERO AÑO NUEVO 2026.
José Antonio Rangel Barón y Flia.