Nuestra soberanía no se perdió hoy. Se fue perdiendo durante años.
Durante más de dos décadas, Venezuela vivió un proceso progresivo de concentración de poder, destrucción institucional y subordinación de áreas estratégicas del Estado a intereses políticos e ideológicos externos.
La soberanía dejó de ser una realidad vivida por los ciudadanos y se convirtió en un discurso.
Hoy, algunos sectores pretenden reducir la soberanía a un concepto meramente formal: el control del petróleo, las relaciones diplomáticas o la narrativa del Estado frente a potencias extranjeras.
Pero esa visión es incompleta y profundamente engañosa.
La verdadera soberanía no se mide en discursos, sino en condiciones de vida.
Un país es soberano cuando su gente puede: • Votar libremente
• Expresarse sin miedo
• Comer y acceder a servicios básicos
• Vivir con dignidad y sin persecución
Cuando eso no existe, no hay soberanía, hay dominación.
Durante años, Venezuela no solo perdió control interno, sino que permitió la penetración de actores extranjeros en áreas sensibles del poder.
No para liberar al país, sino para sostener un modelo que anuló la democracia.
El resultado es evidente:
• Millones de venezolanos forzados a emigrar
• Colapso de servicios esenciales
• Violaciones sistemáticas de derechos humanos • Elecciones sin garantías reales
¿Dónde estaban entonces quienes hoy hablan de soberanía?
La soberanía no puede invocarse selectivamente.
No puede usarse como escudo retórico para proteger estructuras que negaron la libertad del ciudadano.
La soberanía comienza en el individuo.
Si el ciudadano no es libre, el país tampoco lo es.
Hoy, más que nunca, la discusión no es ideológica, es moral y estructural. Se trata de reconstruir una nación donde:
• El poder tenga límites
• La ley sea respetada
• Las instituciones sean independientes • El voto vuelva a tener valor
Esa es la verdadera lucha por la soberanía.
No una soberanía escrita en documentos, sino una soberanía vivida en la vida diaria de cada venezolano.
Defender la soberanía no es repetir consignas. Es garantizar libertad.
Y esa es, hoy, la tarea histórica.