Hay hombres cuya vida no se mide en cargos ni en honores, sino en huellas. Huellas hondas, silenciosas, permanentes. Huellas que atraviesan generaciones, que se quedan inscritas no solo en la historia política de una nación, sino también en la vida íntima de quienes lo acompañaron y aprendieron de él.
Uno de esos hombres fue Enrique Tejera París.
Hablar de él es hablar de Venezuela en su forma más noble: la Venezuela que estudia, que piensa, que trabaja, que confía en la fuerza de la educación y en la ética como fundamento de la República. Es hablar del país cívico que cree en la palabra, en la dignidad del servicio público y en la misión moral de la política.
Porque Tejera París fue, sí, un connotado intelectual; internacionalista brillante, un abogado de juicio claro y espíritu amplio, un economista riguroso, un diplomático fino, un estadista respetado dentro y fuera de nuestras fronteras. Fue también un constructor de instituciones, un defensor obstinado de la democracia como sistema de convivencia y como cultura de respeto.
Pero, sobre todo, fue un maestro.
Un maestro en el sentido más antiguo y más puro de la palabra:
no el que repite conceptos, sino el que guía la vida;
no el que enseña para ser escuchado, sino el que enseña para ser continuado.
Su inteligencia no era arrogante. Su sabiduría no era distante. Su conocimiento no buscaba admiración, sino formación. Hablaba siete idiomas y, sin embargo, nunca habló desde el pedestal del intelectual que presume saber más; hablaba desde la tierra firme, desde la ética sencilla, desde la humanidad profunda.
A quienes tuvimos la fortuna de caminar a su lado, no enseñó solo lo que debíamos saber, sino cómo debíamos ser.
En él, la política no era un escenario de poder, sino un acto de responsabilidad moral. El Estado no era un botín para repartir, sino una obra colectiva que debía protegerse con celo absoluto.
“ El servicio público es entrega , no privilegio.” Nos decia.
La diplomacia era puente, no frontera.
La democracia era deber, no discurso.
Tuve el honor de acompañarlo en su misión, en muchas de sus luchas, en sus desvelos. Desde mis años más jóvenes, él fue mi maestro, guía, consejero, compañero de ruta, inspiración y, finalmente, padre espiritual. De él aprendí la disciplina del estudio, la humildad ante la tarea histórica, la rigurosidad y seriedad ante el manejo de los bienes públicos, la defensa de la libertad como deber y no como consigna.
Nunca buscó ser recordado por sus títulos (aunque los tenía todos y con brillo ejemplar).
Él prefería ser recordado como maestro, porque entendía que enseñar es el acto más profundo de entrega humana.
Hoy, cuando Venezuela atraviesa una noche larga, su figura vuelve con fuerza. Vuelve como referencia, como brújula, como llamado.
Porque el país que él soñó y por el cual trabajó toda su vida , aún puede levantarse.
Y su mensaje a las generaciones nuevas permanece claro y vivo:
“Educar es liberar.
Formar es sembrar futuro.
Servir es honrar la vida.” Fue siempre un formador de hombres con valor, defensor de la libertad, democracia y de los derechos humanos, me dijo estos valores, hay que enseñarles e insistir a todos los niveles y en todos los lugares de Venezuela, no abandonar la formación y la educación, “ porque nadie defiende lo que no ama y nadie ama lo que no conoce”.
Por eso hoy lo recordamos no con nostalgia triste, sino con gratitud luminosa.
Porque hombres como Enrique Tejera París no se van . Permancen en la palabra que sembraron,
en el ejemplo que dejaron,
en la conciencia que despertaron.
A él, al Maestro de Maestros:
Nuestro reconocimiento.
Nuestra admiración.
Nuestro respeto.
Nuestro amor agradecido.
Su vida fue una lección.
Su recuerdo, una inspiración.
Su ejemplo, una patria posible.
Miami; Noviembre 11/ 2024.