“El precio de desentenderse de la política es el ser gobernado por los peores hombres.” — Platón
En medio de la niebla de una crisis que parece no tener fin, es necesario levantar la mirada. No ya para buscar culpables externos, sino para volver a mirarnos entre nosotros. Hemos construido una civilización sobre la paradoja: la tecnología nos conecta pero no nos une, el capital se multiplica pero no se redistribuye, las instituciones se fortalecen pero las conciencias se adormecen.
Vivimos una crisis que trasciende lo económico. Es una crisis moral, ética y espiritual. Los grandes imperios modernos —corporaciones, potencias, elites financieras— han alcanzado alturas nunca vistas, pero lo han hecho sobre los hombros de los que hoy permanecen invisibles. Como diría Emmanuel Levinas, “el rostro del otro nos interpela, nos exige una responsabilidad infinita”. Sin embargo, esa interpelación ha sido silenciada por la indiferencia, por el miedo, por la deshumanización.
“No se puede ser libre si otros no lo son.” — Jean-Paul Sartre
Los más poderosos olvidan que su fuerza provino del esfuerzo colectivo. Los ricos olvidan que la riqueza no es virtud si no se comparte. El mérito se ha convertido en excusa, y la escalera del éxito en una trampa para los que quedaron abajo. Subieron sobre hombros ajenos, y en vez de ayudar a levantar a quienes los alzaron, les dieron la espalda. El ascenso individual no puede justificar el abandono colectivo.
“Lo que se hace por amor siempre acontece más allá del bien y del mal.” — Friedrich Nietzsche
No se trata aquí de caridad vacía ni de asistencialismo. Se trata de **justicia**. Se trata de recordar que la vida humana tiene un valor intrínseco que no puede ser medido por el mercado, ni por la productividad, ni por la geografía de nacimiento. Martin Luther King Jr. lo expresó con fuerza: *“La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes.”*
La humanidad se encuentra en una encrucijada. Si no somos capaces de reconocernos en el rostro del otro, estamos condenados a repetir las peores páginas de nuestra historia. En este mundo fragmentado, donde los líderes que deberían encarnar la ética pública promueven el egoísmo, la exclusión y la guerra, urge levantar una voz distinta. Una voz que convoque a la solidaridad, al humanismo, a la compasión activa.
“Ama a tu prójimo como a ti mismo.” — Jesús de Nazaret
“La verdadera religión es el amor al prójimo.” — Mahatma Gandhi
Este no es un llamado abstracto. Es un grito concreto que debe hacerse cuerpo en nuestras decisiones cotidianas, en nuestras políticas públicas, en la economía solidaria, en la educación liberadora, en la espiritualidad encarnada. Como enseñó Simone Weil, “la atención es la forma más rara y pura de generosidad.”
Atendamos, pues. Escuchemos. Rescatemos la dignidad que habita incluso en el más desposeído.
Hoy más que nunca, necesitamos reconstruir el tejido social desde los valores que alguna vez nos unieron como especie: la compasión, el respeto, la justicia, la fraternidad, la empatía. Porque si olvidamos que somos parte de una misma humanidad, entonces habremos perdido todo.
Y cuando los poderosos vuelvan a mirar hacia abajo —si acaso lo hacen—, que encuentren todavía en pie a quienes no dejaron de creer en el otro. Que vean manos extendidas, no por sometimiento, sino por reencuentro.
JARB